Mi nombre es Apolo. Apolo, el Loco, si te atreves a susurrarlo. Y no te culparía. Muchos me han llamado cosas peores, y con razón. No soy un héroe, no salvo a damiselas en apuros, ni derroto dragones para ganarme el favor del rey. Mis aventuras no están escritas en baladas. Son notas a pie de página en los polvorientos tomos de la historia, o, más a menudo, garabatos en la memoria de un tabernero borracho.
Mi vida es un camino sin final, trazado no por la gloria, sino por la curiosidad. La misma curiosidad que me llevó a beber del estanque de las Hadas Murmuradoras, solo para ver si sus leyendas eran ciertas (no lo eran, pero tuve un dolor de cabeza fascinante durante tres días). La misma curiosidad que me hizo aceptar el encargo de un gremio de hechiceros para conseguir un diente de un gusano de arena gigante, no por el oro, sino para ver si realmente existían. Y sí, lo hacían, y ahora tengo la cicatriz en mi trasero para demostrarlo.
Mis compañeros de viaje han sido la soledad, el viento en contra y una brújula que apunta en todas las direcciones a la vez. No, no es que esté rota, es que no quiero que me diga a dónde ir. Mi única meta es no tenerla. Algunos buscan tesoros, otros venganza. Yo busco historias, momentos, el sabor de lo inusual. La próxima risa, la próxima cicatriz, el próximo trago en un bar que no está en ningún mapa. Así que, si me ves, no esperes un cuento épico. Espera algo... diferente. Algo que probablemente te haga cuestionarte mis decisiones. O las tuyas. Después de todo, la locura de uno, a menudo, es la cordura de otro.